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María Guadalupe Rodríguez González

Por Adolfo Flores

María Guadalupe Rodríguez González, de 21 años, se dio cuenta que era seropositiva cuando su hija, poco después de nacer, fue diagnosticada con VIH. Al principio, no aceptaba que ella misma fuera seropositiva.
           
"No aceptaba que me hubiera pasado a mí".
           
Pero después, llegó a aceptar su enfermedad y creer que Dios hace las cosas por alguna razón. No fue ella la única que no aceptó la enfermedad inicialmente, sino que su madre también al principio no lo podía creer. Su madre ha sido una ayuda muy grande para ella, aceptando la responsabilidad de su hija, ya que no puede cuidarla ahora.
           
Debido a que era seropositiva, la hija de Rodríguez era más propensa a enfermarse. Antes de que supieran que Evelyn era portadora del VIH, Rodríguez fue a comprar una medicina para ella. En el camino, se enfermó y no pudo recoger a su hija. Su madre fue entonces a recoger a Evelyn. Cuando llegó, el doctor le dijo que la niña tenía VIH y le preguntó si todavía la aceptaba.
           
"Es mi nieta, qué me importa lo que tenga", le respondió la madre de Rodríguez.
           
Rodríguez es la menor de siete hermanos. Sus hermanas viven en Tijuana y cree que su hermano vive en Texas. Es originaria de Pénjamo, Guanajuato, pero se mudó a Tijuana con su familia a los dos años de edad, por lo que puede considerarse tijuanense.
           
No está segura cómo se contagió del VIH, pero piensa que fue por haber tenido relaciones sexuales sin usar condón. No sabe si fue su pareja u otra persona. El padre de sus hijas también es seropositivo, pero él no quiere ver a un doctor. Dice que cuando llegue su tiempo de morir, ese será su tiempo.
           
Después de aceptar que era seropositiva, Rodríguez se deprimió. Mientras vivía en casa, ella se la pasaba en la cama todo el día, sólo salía para ir al doctor. La muerte de su tercer hijo, combinada con su enfermedad, la dejaron demasiado débil psicológicamente.
           
Un día, se dio cuenta que tenía que seguir adelante por sus dos hijas. Ellas fueron las que la levantaron de su depresión.
           
Sorprendentemente, no se le hizo difícil decirles a sus amistades que tenía VIH. Un día fue con un amigo y le dijo que le tenía que decir algo. Las lágrimas empezaron a  bañar sus mejillas cuando empezó a decirle que era seropositiva. Cuando acabó, su amigo le dijo que no fuera tonta, que nada más porque tenía VIH no la iba a rechazar.
           
Rodríguez ha experimentado el rechazo varia veces, sin embargo. Dice que hasta los doctores, aunque sean educados, actúan con mucha ignorancia porque cuando la tocan, lo hacen con precaución y evitan tocarla lo más que pueden. Se le hace irónico, porque siendo personas tan educadas, de todos modos actúan con ignorancia.
           
Aunque ya sabía del sida antes de contagiarse, Rodríguez cree que debe haber más educación sobre el VIH, en las escuelas especialmente. Recuerda que en la escuela no tuvo mucha educación sobre el tema, pero ha notado que poco a poco las escuelas están educando más a la juventud sobre el VIH.
           
El albergue Las Memorias es su casa por el momento; tiene casi un mes ahí. Dice que vivir ahí es como tener una segunda familia, ya que todos se cuidan uno al otro. La terapia para ellos es charlar. La charla los hace sentirse mejor y los ayuda cuando se deprimen.
           
Ella también tiene tuberculosis, ya que es mucho más propensa a contraer otras enfermedades. Toma medicinas retrovirales, las cuales tienen efectos secundarios que la dejan débil y con nauseas.
           
Rodríguez dice que sigue viviendo por sus hijas, Evelyn y Blanca, las cuales son, literalmente, la luz de su vida.