Por Beatriz Cortez
No tuve la suerte de conocer
a Rafael Menjívar Larín. Cuando él salió de
El Salvador exiliado para Costa
Rica yo era todavía muy joven. Sin
embargo, a través de
los años me he encontrado con la fabulosa
colección de libros
que produjo y con anécdotas suyas que recuerdan el
lugar especial que tiene en
la historia reciente de nuestro país.
El legado intelectual que nos
deja Rafael Menjívar Larín es de gran
vastedad. Por los pasillos
de la biblioteca donde me paso las horas me
encuentro con sus libros y
me siento afortunada. Su labor intelectual
tiene gran relevancia para
la investigación y reflexión sobre nuestra
historia y sobre los temas
de mayor actualidad en nuestro país.
Me interesa la cultura urbana
en El Salvador, y encuentro su edición
sobre La Informalidad Urbana
de San Salvador, y otra sobre Los
menores en estrategia de sobrevivencia,
todavía otra sobre el género
en el espacio urbano, una más
sobre la pobreza. Busco información
sobre la historia de la relación
entre economía, cultura y sociedad en
El Salvador, y allí
están varios de sus tratados sobre economía y
ciencias sociales en nuestro
país.
Entre los salvadoreños
residentes en el Departamento 15 me he
encontrado con frecuencia quienes
comparten conmigo sus recuerdos
sobre la sobresaliente labor
que Rafael Menjívar Larín llevó a cabo entre
1970 y 1972, cuando se desempeñó
como rector de la Universidad de
El Salvador. Durante ese tiempo
no solamente dejó como legado el
ambicioso plan académico
que diseñó. También fue ambicioso en cuanto
a cada detalle referente a
la Universidad de El Salvador, incluyendo sus
edificios, sus bibliotecas,
sus veredas y jardines.
Pero más ambicioso fue
respecto a la responsabilidad que un rector
universitario tiene con sus
estudiantes. Muchos recuerdan vívidamente
la valentía con la que
acompañó a los estudiantes durante sus últimas
horas como rector universitario
en julio de 1972 cuando la UES fue
invadida por la Fuerza Armada
de aquellos tiempos.
Entonces comenzó su exilio
y un nuevo periodo de productividad
intelectual. Vivió en
Costa Rica, México, Francia, y en cada uno de
estos lugares dejó una
huella de su creatividad y de su fe en la
educación y en la labor
intelectual para el futuro de Centroamérica.
Varios de sus escritos son
utilizados como libros de texto en
universidades latinoamericanas,
europeas y estadounidenses. Sin
embargo, no se conocen ni se
leen ni se discuten lo suficiente en
nuestro país.
Debo confesar que a pesar de
haber conocido parte de la obra de
Rafael Menjívar Larín
con anterioridad, regresé a leerla con detalle
movida por el interés
de contrastar su obra con la de su hijo, Rafael
Menjívar Ochoa, a quien
sí conozco y cuya obra literaria es para mí una
de las más importantes
contribuciones de la posguerra en nuestro país
y una de las más profundas
exploraciones de la sique salvadoreña
contemporánea. Son obras
de dos universos diferentes, ambas
maravillosas.
Ahora que Rafael Menjívar
Larín no puede ya regresar a nuestro país
somos afortunados de tener
a su hijo de regreso entre nosotros
escribiendo esa ficción
que tiene desde ya su propio sitio en nuestra
historiografía literaria.
Y somos afortunados de que el legado intelectual
que nos deja Rafael Menjívar
Larín, producto de décadas de reflexión
sobre la realidad de nuestro
país, sí puede regresar a ocupar entre
nosotros el lugar que le corresponde,
a avivar el fuego de nuestras
discusiones, a provocar nuestra
reflexión y a invitarnos a incursionar en
la labor intelectual que él
tanto disfrutó.