Por Beatriz Cortez
Nuestra interacción cotidiana
con la sociedad y la perspectiva desde la que
interpretamos el mundo, incluso
la forma en que fabricamos y modificamos
nuestra apariencia personal,
contribuyen a construir nuestra identidad. Pero
no se trata de una identidad
nacional, sino de una miríada de identidades que
cada uno de los salvadoreños
dentro y fuera del territorio nacional
negociamos cada día.
A pesar de compartir un conjunto de recursos y un
mismo espacio social, no hay
una identidad común que defina a todos los
salvadoreños. Tampoco
hay una identidad fija que defina a un solo individuo
en los diferentes momentos
de la vida. La identidad es personal, temporal y
maleable. Por eso es dudable
que exista una identidad nacional.
En una reciente columna de opinión,
Joaquín Villalobos arguye que es
indispensable que se lleve
a cabo un proceso de construcción de la identidad
salvadoreña —que él
define como “el tener un patrón cultural común y sentido
de pertenencia”. De lo contrario,
señala que “las instituciones de nuestra
emergente democracia” terminarían
dañadas. De no hacerlo, seguiremos
siendo víctimas de la
violencia, nos dice, y acaso estaremos también
incurriendo en una falta de
moralidad. Irónicamente, aunque para Villalobos la
falta de identidad sea responsable
de la violencia que experimentamos en la
actualidad, la identidad, tal
como él la describe, tiene un potencial enorme
para generar violencia, tanto
ideológica, como física.
Pues, ¿quién tendría
la autoridad de definir la identidad de todos los
salvadoreños? Quien
lo haga, incurrirá en el campo de la ficción ya que la
normalización de la
identidad presupondría la regulación de las conductas,
formas de ver el mundo, expresiones
culturales, experiencias públicas y
privadas de todos los salvadoreños
a una misma vez. Y como en todo
proyecto nacionalista, no sólo
de nuestra historia, sino de la historia
universal, se produciría
de manera inmediata un grupo de salvadoreños
inadecuados y, por ende, víctimas
de la violencia.
Villalobos no es el único
en tomar como un hecho la existencia de la
identidad salvadoreña.
Con frecuencia escuchamos discusiones en el campo
cultural destinadas a describir,
analizar o rescatar la identidad nacional. No
ha faltado un líder
espiritual que no la vincule con la moral y la ética, un juez
que no dicte prohibiciones
en su nombre, ni oficiales del orden dispuestos a
reprimir a quienes la pongan
en tela de juicio. Sin embargo, la identidad
nacional sigue siendo una ficción.
En verdad la identidad salvadoreña
es un proyecto político. De allí al
nacionalismo hay apenas un
paso. El proceso a través del cual se construye
implica convencer, dividir,
marginar. Es por todo ello que es saludable tener
presente nuestra historia reciente,
para poder recordar los actos de violencia
y de intolerancia que ya se
han cometido en nuestro país en nombre de
similares proyectos unificadores.
Si lo hacemos, no creeremos tan fácilmente
en una propuesta que nos encaminaría
nuevamente hacia la intolerancia. A lo
mejor hasta lleguemos también
a celebrar algún día cercano nuestra
diversidad.