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Santo con mierda y sangre en la boca
Pedro Oliveros

 

Esta bota, cuya suela está cubierta de mierda y que al momento sostiene mi cara contra el suelo, es la de Claudio. ¡Qué bien calza el malvado! Te digo, no es hasta que te estás desangrando sobre el suelo mientras alguien te sostiene con sus 'doc martens' que te das cuenta de la versatilidad de las botas: puedes darle una madreada a un pendejo y, con sólo una pulidita, salir con tu chica esa misma noche. Si salgo de esta me voy a comprar un par. ¿Qué dices: rojas o negras? ¡Qué pregunta! Negras, por supuesto. ¡Pero ya basta con las malditas botas!

Te estarás preguntando por qué me encuentro desangrando debajo de una bota. Pues no es algo difícil de comprender: no tengo padre, mi madre se pasa el día entero comprando cosas que ve en la tele y soy demasiado inteligente para hacer algo de provecho. ¿Qué? ¿No has comprendido? Está bien, te lo explico. Me da que tú no eres de los que se les enciende la bombilla.

-¡Hijo, apresúrate! No quisieras llegar tarde tu primer día de clases. No he podido preparar tu almuerzo. Aquí te dejo algunos billetes para que te compres algo.

No sé por qué insistía mi madre en fingir que en algún momento tuvo la intención de prepararme algo de comer. ¡En mi vida me había preparado algo de comer! Ni sé si me amamantó. En fin, allí tienes a mi madre. ¿Que gran señora es, no?

-¿A qué hora piensas llegar, hijo?
-No sé. Ya me voy.
-Que te vaya bien, hijo. No se te olvide preguntar sobre el autobús, no me gusta que camines tanto a solas. Y recuerda que necesitas pedir tus cuadernos. Y también...

PORTAZO

Ya sé. Seguro estarás diciendo: "¡Qué muchacho tan maleducado! ¿Cómo se atreve a aventarle la puerta a su madre? " Te aseguro que si salgo tan apresuradamente de mi casa es porque mi madre así lo quiere. Mírala por la ventana. ¿Ves? Está que se muere por encender el televisor. Ves, allí va. No recuerdo si hoy se compra otro par de pantuflas rayadas de seda u otro abrelatas de los que se pueden usar invertidos. Sabes, ni puede dormir en su habitación porque está llena de las porquerías que compra. Así que ni te atrevas a decir que soy un mal hijo, cabrón. ¡Qué malagradecido eres! A pesar de que me encuentro con la boca llena de mierda y sangre, he aceptado explicarte mi situación y te atreves a llamarme un maleducado. ¡Si quieres, mejor no te cuento nada, pendejo!

Ya... ya se me pasó. Mejor sigo, porque si me demoro más...

Sabes, siempre me ha gustado el camino a la prepa. Es que siempre que voy por allí se me presentan muchas oportunidades. Por ejemplo, fue detrás de la tienda de Juana donde cogí por primera vez. Fue con Alicia, una muchacha que se le echaba encima a cualquiera. Me llevó detrás de la tienda y me dijo: "¡Quiero que me mates a cogidas!" De primero, no sabía que hacer, pero cuando me deshizo la bragueta, no necesité de un manual para saber como se hacían las cosas. ¿Qué dices? "¡Éste se cree actor de porno!" No te adelantes, que de eso no tengo nada. Mi primera vez, ni un minuto duré con Alicia, pero, eso sí, bien que lo disfruté.

Todas las mañanas, también en camino a la prepa, paso por la casa de don Armando. Es la de allá. La primera vez que pasé por aquí, me llamó y me ofreció "un trabajito." El cabrón quería que vendiera su mercancía en San Cristóbal. Siempre pasaba y él siempre ofrecía. Yo le decía que no. Enrique le dijo que "sí." A Enrique le iba muy bien. Él vendía coca desde los doce años. De primero, don Armando le pagaba muy poco, pero luego Enrique amenazó con denunciarlo a la poli y don Armando le comenzó a pagar más. Enrique ya se había comprado una moto y se la pasaba de parranda en los antros. Míralo, allí está. Siempre me espera en esta esquina y nos vamos juntos a San Cristóbal.

-¿Qué onda? ¿Cómo estás?
- Así como me ves. ¿Hiciste lo del profe Andrade?
- No. Ni me había acordado de eso.

Enrique nunca hace su tarea. No por menso sino porque se las sabe arreglar. Bueno, por lo menos con el profesor Andrade. Todo el mundo sabe que al profesor Andrade le gusta mucho ayudar a sus alumnos. Bueno, por lo menos a los que tienen pene. Siempre que no hace su tarea, que es casi todos los días, Enrique pasa a la oficina del profesor Andrade y, con sólo dejar caer sus pantalones y permitir que el profesor Andrade le dé un examen oral, le perdona la tarea. Pero, él no es el único. Casi siempre hay fila para entrar a la oficina del profesor Andrade. Pues, muchos prefieren aguantar una mamada de un hombre paidófilo que leer los libros que asigna. Pero no es suficiente tenerlos en sus manos, digo, en su boca. El profesor Andrade mantiene buena cuenta de sus conquistas con las fotos que guarda de sus "miembros favoritos." Según Enrique, las tiene en una caja detrás de algunos libros de su estantería. Pero eso sí, que quede muy claro que yo nunca he estado en la oficina del profe Andrade. No me importa que me llamen maricón, me importa más que me crean un estúpido. Bueno, la verdad, sí he estado en su oficina pero sólo para venderle coca. Ah sí, se me olvido contarte eso, ¿verdad?

Pues, ¿recuerdas a don Armando? Un día, por fin acepté el trabajo que me ofrecía. Ese día había llegado a mi casa y mamá estaba loquísima. Gritaba algo de "¡Drogas! ¡Drogas! ¡Mi hijo no! ¡Mi hijo no!" Le había llegado una carta de la prepa donde se explicaba que algunos alumnos habían estado ingiriendo coca. Pues casi se cagaba del susto.

-Hijo, dime, por favor, ¿tú no eres uno de esos, verdad?
-No, mamá.
-No importa, hijo. Yo te ayudaré. Sabes, vi unas cintas en la tele que te podrían ayudar. Son de las que escuchas mientras duermes. Mañana mismo las mando pedir. Además, hay unas pastillas que son buenísimas para la adicción. Y, también hay unos aparatos que te puedes colocar en las muñecas y... ¡Ay! No, no, no. Mañana es demasiado tarde. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? ¡Ah, ya sé! ¿Hijo... amor... si te doy cien pesos diarios, dejas de drogarte?
-Mamá, pero te he dicho que no consumo drogas. No es necesario...
-Hijo, en esta carta dice que los jóvenes que consumen drogas suelen mentirle a sus padres y esconden su condición. No creas que no soy capaz de reconocer tus mentiras. Yo me doy cuenta de todo. Por favor, acepta mi oferta. O... eh... está bien, hijo, te doy ciento cincuenta pesos al día, ¿vale?
-¡Mamá, no seas una loca! Te estoy diciendo que no consumo drogas. Te lo juro.
-Por favor, hijo. Si me quieres, acéptalos. Toma. Anda. ¿O qué? ¿Me quieres abandonar como tu padre? ¿Quieres irte también? No permitiré que mi único hijo...
-¡Está bien! ¡Está bien! Dámelos.
-¡Ay, hijo! ¡Ay, hijito querido! ¡No sabes lo feliz que me haces! Te prometo que juntos lograremos sacarte de esto. Mañana mismo mando pedir las cintas y las pastillas y...
-Sí, mamá. Sí, mamá.

Cuando mi mamá se pone así, no hay modo de hacerla comprender. Le acepté el dinero para que dejara de mencionar a mi padre. Él no... él jamás... bueno, eso no tiene importancia. Yo estaba enfurecido. ¿Cómo es posible que, diciéndole a su cara que no consumo drogas, mi mamá fuera incapaz de creerme? No me pude controlar. La quise herir. Fui a la casa de don Armando e hice un trato con él. Con el dinero que me daba mi madre cada mañana para que, según ella, "dejara de drogarme," le compraba coca a don Armando. De primero, no hacía nada con ella. La guardaba en mi cuarto para que la encontrara mi mamá, pero nunca lo hizo. Se le había olvidado por qué me daba el dinero. Se volvió algo de su rutina. Todas las mañanas era lo mismo. Me decía que iba a llegar tarde, que no había podido prepararme algo de comer, que preguntara sobre lo del autobús, y que los ciento cincuenta pesos estaban sobre la mesa. Jamás revisó mi cuarto.

Entonces, comencé a vender coca en San Cristóbal. No tenía miedo de que me descubrieran. ¿Quién iba a sospechar de mí? Yo jamás había sido un "caso disciplinario," como le solían llamar los hipócritas de San Cristóbal a los que no querían adherirse a sus reglas de mierda. Además, yo era el único de 14 años que estaba por acabar la prepa. Toda mi vida había sabido más de lo que necesitaba saber para mi edad. Recuerdo que siempre me castigaban cuando corregía a las maestras en la primaria. Decían que hablaba fuera de turno y me exigían permanecer en el salón de clase durante el recreo para "el aseo". Yo nunca limpiaba nada, pero siempre me mantenían adentro.

En fin, te digo que el profesor Andrade ha sido mi mejor cliente. Le vendí por primera vez cuando él quiso que me volviera un alumno como sus otros. Me pidió que fuera a su oficina porque, según él, tenía algo "muy importante de que hablar."

-Santo, me han contado algo muy grave sobre ti. Te voy a hacer una pregunta y quiero que me contestes solamente con la verdad: ¿Vendes coca?
-Sí.
-¿Me escuchaste bien? Te he preguntado que si vendes drogas y me has dicho que "sí."
-Me pidió que le contestara con la verdad, ¿no?
-Santo, esto es algo muy grave. Las consecuencias que te esperan son muy grandes. ¿Sabes que te podrían sacar de San Cristóbal? ¿Te podrían separar de tu madre por ser delincuente menor de edad? ¿Santo, te has puesto a pensar lo que diría tu madre si llegara a enterarse de esto?
-Por favor, no hable de mi madre.
-Santo, lo digo por tu bien. Sabes, no te voy a reportar. Creo que entre los dos podemos llegar a un acuerdo...

En lo que decía eso, se iba acercando. Estiraba su mano mientras se acercaba, queriendo colocarla sobre mi pene. Lo apuñalé con toda mi fuerza.

-¿Cómo te atreves, muchacho? Te arrepentirás de esto. Te reportaré y te sacarán de aquí y...
-¡No! El que se va a arrepentir es Ud.

Fui a la estantería y quité los libros de frente de la caja que guardaba su perversión. La tomé y dije:
-Ahora yo le hago las preguntas: ¿Sabe que las consecuencias que le esperan son muy grandes? ¿Acaso se ha puesto a pensar lo que diría su madre si se enterara de esto? ¿Sabe que lo podrían sacar de San Cristóbal?
-Santo, por favor, no hay que decir cosas de las que luego nos arrepentiremos.
-¡Yo no me arrepiento de nada!
-Digo, podemos llegar a un acuerdo, ¿no? Te doy lo que quieras.
-¡Viejo perverso! ¿Que no entiende que no quiero eso? ¡No quiero eso!
-No, eso no. Ya lo sé. Pero, puedo darte... a ver...
-¡No me puede dar nada!
-¡Ya sé! ¿Por qué no me vendes coca? Anda, véndeme coca. Sé que algunos de los que me visitan... digo... bueno, eso no importa. Véndeme coca y yo no digo nada... y tú no dices nada... y... ya.
-...¿Cuánto dinero tiene?
-¿Qué?
-Que, ¿cuánto dinero tiene?
-Tengo quinientos.
-Démelos.
-Toma, aquí los tienes.
-¡Cada semana comprará coca, me pagará mil pesos y no me pedirá nunca que venga a su oficina! Me llevo esta caja. Espero que no la extrañe demasiado.

Desde ese día, el profesor Andrade ha comprado coca cada martes. Hoy es martes pero, como ya lo sabes, al momento me encuentro sin posibilidad de entregarles sus pedidos a mis clientes. Además, creo que ya no podré venderle coca al profe Andrade, pues por su culpa me encuentro aquí. Y por su culpa debí ser testigo del asesinato de Enrique. Pues, míralo. Allí está tirado. Mira eso, parece que al profe le gustan más cuando están muertos, lo mama como si no hubiera comido en su vida. Hay viene don Armando, ¿que querrá ese maldito anciano?

-¡Creíste que no me iba a enterar, muchacho! ¡Creíste que no me iba a enterar!

PATADA

Oye, para ser un anciano, don Armando sí que da buenas patadas. ¡Casi me quiebra una costilla!

-¡Estos cabrones mocosos! No saben nada de negocios. No saben nada de la lealtad. Les da uno una buena oportunidad y se aprovechan los cabrones.

PATADA

-¡Creíste que no me iba a enterar que vendías mi mercancía a un precio más caro sin darme lo que me corresponde!

PATADA

-Aquí el maestro me ha dicho que le vendes lo que yo te doy a cien en mil. ¿Es verdad cabrón? ¡Anda, dime! ¿Es verdad?

¿Qué dices? ¿Le contesto? Pues sí, verdad. Al cabo, ¿qué? No me puede ir peor.

-Lo que hago con la coca después que la compro no es su negocio, sino mío.

PATADA

¡Maldito viejo me va quebrar las costillas!
-¡Cabrón! ¡Cómo de que no es mi negocio! Claro que es mi negocio. ¡Maldito mocoso! Me saliste igual que este maricón. Ves Claudio, por eso te digo que no debemos confiar en estos mocosos. Primero sale el mariconcito con sus amenazas de mierda: "Lo voy a denunciar" y no sé qué otras pendejadas. ¿A ver? ¿Con quién me vas a denunciar ahora, maricón? Anda, habla. ¡Habla mocoso!

¿Qué estará pensando Enrique? ¿Todavía podrá pensar?

-Dame ese revolver, Claudio. Hay que enseñarle a este otro mocoso que conmigo no se juega. ¿Qué pasa, mocoso? ¿Tienes miedo? ¿Te da miedito? ¿Quieres que venga la puta de tu madre por ti? ¿Quieres? Pues dime dónde está el dinero, mocoso sino quieres acabar como tu amiguito acá.
…¡Dímelo, mocoso! ¡Dímelo!

Y, ¿ahora cómo le hago? No le puedo decir la verdad. No, eso no. ¿Cómo le puedo decir que está en la cuenta de mi madre? Si le digo, la buscan y la matan. Mejor que se lo siga gastando ella, aunque sea en sus porquerías.

-¡Habla mocoso, habla!
-Me lo gasté. Me lo gasté todo, viejo cabrón. ¡Me lo gasté todo! ¡Ja ja ja! ¡Me lo gasté todo! ¡Me lo gasté todo! ¡Ja ja ja! ¡Ja ja ja!
-¡Maldito mocoso!

TIRO DE BALA

-¡Malditos mocosos! No saben apreciar lo que se les da. Pues que se puede hacer… véngase para acá maestro. Ya no le esté chupando a eso, yo le doy de comer de lo bueno y hasta que se harte. Luego sigue Claudio. ¿Verdad Claudio?
-Sí, pero… primero me voy a limpiar las botas.