presentation issues editorial contact links


Dame tus manos, Mulato
Adriana Olivárez Unzueta

 

        Él era el mejor escritor del periódico en mi universidad. Yo, una reportera mediocre más. Él parecía estar interesado en mí, pero cuál fue mi sorpresa al descubrir que no era así. ¿Qué pendejo no se interesaría en mí? Al final yo era muy bonita y de tetas grandes, muy grandes. Yo hablaba inglés con un acento cachondo y le hacía creer a cualquier hombre que, cuando me hablaba, era su voz la única que escuchaba en este mundo. Su desprecio no llegó por sorpresa, pues yo le había sofocado con detalles, llamadas, atenciones innecesarias y ese acostón del viernes en el que terminé cancelando mi cita con otro imbécil por correr a su llamado.

        De lo que pasó ese viernes tengo muy pocos recuerdos. O tal vez los he bloqueado por ese maldito ego de diva que no me deja aceptar el rechazo. Toda la culpa la tiene él. Sí, él. La culpa se la he pasado a él porque no puedo culparme a mí misma de este desastre. Él me gustó siempre. Él y sus manos. Sus malditas manos y su bendita anatomía. Si ahora le maldigo, es porque hoy no es nada mío. Bueno, más bien nunca lo fue. Pero ese viernes cuando su semen corría por mis pechos y me susurraba al oído obscenidades en su idioma, porque así yo se lo había pedido, le adoré como a santo, con los ojos cerrados y pidiéndole un milagro. Mis ojos se abrieron lentamente para verlo desnudo; su piel era morena obscura y sus muslos tan fuertes como los de un caballo de carreras: delgados y firmes. Él pudo haber pensado que yo estaba mal de la mente pues le besaba las manos y la frente como si por un hechizo gitano hubiera podido robar el encanto de esa manera de escribir y pensar tan perfecta que tenía. Le besaba todo el cuerpo; le pedía que me dijera cuándo había sido la primera vez que me había mirado.
Él todavía recordaba lo que llevaba puesto el día que me conoció.

        Yo ya sabía que era el final de nuestro corto romance. Pero toqué sus manos y ellas también me tocaron a mí. Creo que se asustó por las cosas que le pedí que me hiciera. Y por mi fetiche por sus manos.

        Le hice el amor un tanto deprisa, como sabiendo que mi relación con él duraría tanto como el instante de quien trata de sostener una taza de café hirviendo, antes de soltarla y llenar el piso de azúcar sin disolver.

        La mañana llegó, y yo me fui corriendo de ese cuarto sin nada de él. Me revientan las entrañas de coraje porque ni siquiera el semen impregnado en piel me pude llevar, pues traté de rescatar el pudor que te inculca el catolicismo, y me bañé con agua casi hirviendo como si al quemar mi piel quemara los rastros de una noche que él olvidaría a la mañana siguiente.

        Ese mulato me dejó mal. Ese día solo pensé en él y una felicidad sin fundamento invadió mi cuerpo y sonreía a quien se me pusiera enfrente tal y como una retrasada mental.

        Esa maldita felicidad me duró poco, porque el lunes en el departamento de redacción ese mulato de mierda solo me ignoró y hasta me pareció ver en sus ojos cierta burla cuando editaba uno de mis artículos.

        El final es el mismo de todos los amores destinados al fracaso. El principio es la atracción, luego la indeferencia, después el olvido y por último el coraje de todo lo que no fue.

        Él dice que todo fue mi culpa; que lo presioné tanto que él se asustó. Que todo lo que pasó entre nosotros fue un accidente y que solo quiere mi amistad. Un accidente, pensé, este tipo sí que está mal de la mente. Compara mi cuerpo y mi cariño con un accidente. Yo quisiera contestarle que solo quiero sus manos una vez más. Y ese accidente ya está en el olvido.