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Pero sigo
siendo el rey
Fabián Mujica
El pasado 20 de noviembre, aniversario del nacimiento de mi primogénita, María Fernanda Mujica Wagner, y onomástico de la revolución de los Estados Unidos Mexicanos, los mexicanos, las mexicanas y la comunidad internacional fuimos testigos del acto más mesiánico jamás visto en territorio azteca. Andrés Manuel López Obrador (AMLO o MALO) se declaró "presidente legítimo de los mexicanos" con casi un millón de sus seguidores en el zócalo de la ciudad de la esperanza o de la tranza (cuestión de enfoques). Vimos con tristeza cómo, ya una desgastada figura política, recibía la banda presidencial de fantasilandia por la cenicienta mientras los nueve enanos y demás personajes aplaudían con un fervor descomunal al ver al rey de las hienas coronado. Hago esta pequeña parodia porque eso es lo que paso el 20 de noviembre en el zócalo con un personaje caricaturesco que hizo creer a sus seguidores que en realidad es el presidente legitimo de los mexicanos. Hay quienes dicen que AMLO es nuestro presidente pirata aunque él se declare legítimo.
Entre los presentes en este acto demencial estaba gente del pueblo: las personas que ya están cansadas de ver cómo sus vidas se encuentran estancadas en la miseria con la calidad de vida más baja del país; la sirvienta, el micrero, el jardinero, y demás profesiones de bajo perfil salarial que no tienen más expectativa que ser lo que son hoy, y que saben que sus hijos serán una versión facsimilar suya. Para estos habitantes del país, AMLO y sus demagógicas promesas y proyectos de gobierno son la esperanza de salir adelante. Pero, en realidad, traería más problemas y estancamientos económicos de los que estos pobres sobrevivientes de la globalización, de muchos años del PRI y del TLC, pueden soportar.
En el próximo párrafo, quisiera describir, de la manera más objetiva posible, lo que AMLO ha demostrado a través de estos últimos meses, durante los que se ha convertido en nada, y que le han hecho creer a una bola de confundidos seguidores que él es la solución a los problemas del país.
Veamos, antes de odiar a AMLO, deberíamos de odiar las condiciones que lo produjeron: un sistema que concentra la riqueza y no tiene ningún incentivo para distribuirla mejor. Desde la noche de la elección, AMLO se ha convertido en alguien polémico cada vez más combativo y completamente anticonstitucional. AMLO ha confirmado todo lo malo que se hablaba de él: que habla del "crimen monumental" cometido contra el pueblo, pero no hay pruebas de que esto haya sucedido; que sugiere fraudes cibernéticos y después declara que no habían sido cibernéticos sino a la antigüita. Me han llegado varios correos electrónicos del famoso algoritmo y en verdad dudo de su existencia. Sus posturas son en general sin claridad y contradictorias, lo cual inspira desconfianza, inclusive entre algunos de sus seguidores que empiezan a abandonar las filas de la desobediencia civil convocada por él. Declaración tras declaración, AMLO se está radicalizando. Anhela destruir todas las instituciones del país y crear nuevas a su conveniencia. Ya no busca ganar si no seguir peleando. Su papel ya no es seguir las reglas del juego si no romperlas. Su brújula es la polarización y su mapa la radicalización. Le pide a sus seguidores dejar de confiar en todo para sólo confiar en él. Les pide que formen parte de lo que el maestro José Woldenberg ha llamado una "comunidad de fe" y que dejen de lado la razón para pertenecer a ella. Pide que sólo se le reconozca a él como el único hombre en que se puede creer para gobernar nuestro país, cuando es eso precisamente lo que la democracia trata de evitar a como dé lugar. De sus operadores políticos de dudosa trayectoria, como Jesús Ortega, Leonel Cota, Fernández Noroña y Martí Batres, hay mucha cola que les pisen. Sin embargo, AMLO los cubre dentro de la cobija de su absurdo proyecto de gobernar en paralelo un país con 105 millones de habitantes con verdaderos porros como asesores. Pide que acabemos con la única institución política creíble que hemos logrado formar y que hagamos todo lo posible por desacreditarla. Si destruimos el IFE, ¿con qué va contar el país para transferir el poder?.
La postura del PRD se ha vuelto intransigente aunque se divisa un desgajamiento del partido entre los seguidores de AMLO y los que quieren que el partido entre en el carril de la racionalidad, donde algunos gobernadores perredistas ya han aceptado el triunfo de Felipe Calderón. Esto ha despertado la furia entre los seguidores de AMLO que se han obsesionado en seguir apoyando un proyecto que sólo nos hace ver ante la comunidad internacional como un país donde hay pránganas y antipatriotas que están por encima de la ley. Por consiguiente, esto hace que las inversiones extranjeras, que son muy necesarias en nuestro país, busquen refugio en países con más seriedad jurídica y más estabilidad política. Por eso, una de las canciones populares que más nos representan en el mundo entero, "El Rey," le queda muy bien a nuestro "presidente legítimo": No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey.